27/07/2010
Por Aldo Ferrer - Economista

El desafío es evitar la reproducción de una nueva relación centro-periferia


Mientras las mayores economías del mundo y sus estados buscan respuestas al “efecto” China y los desequilibrios globales, en la periferia tenemos que encontrar nuestras respuestas. La oportunidad consiste en la valorización de los recursos naturales y la expansión del mercado para nuestra oferta de alimentos y productos.

 

Suele denominarse “efecto” a las consecuencias de un acontecimiento sobre la realidad económica. El surgimiento de China como actor internacional de primer orden es un “acontecimiento” de vasto alcance. ¿Cuál es su “efecto”?

 

Mucho mayor que el revelado por el peso creciente del país en el orden económico mundial. En la última década del siglo XV, desembarcaron Colón en el Nuevo Mundo y Vasco Da Gama en la India. China era, todavía, el país más poblado y poderoso del planeta. Su civilización era tanto o más avanzada que la de los pueblos cristianos de Europa Occidental. A partir de entonces, mientras en Europa se producía una revolución política, económica y cultural que inaugura la Modernidad, China entró en un largo proceso de letargo y, finalmente, de subordinación a las potencias dominantes de Europa y, por último, de los Estados Unidos y Japón.

 

En ese largo período de cinco siglos, las naciones avanzadas de Europa y su vástago mayor, los Estados Unidos, ejercieron el monopolio de la ciencia y la tecnología y, consecuentemente, el dominio de la industria y de las redes de la globalización. En ese escenario, China descendió incesantemente en el orden mundial. En 1500, su ingreso per capita era semejante al de los países avanzados de Europa. A mediados del siglo XX, de menos del 10%.

 

Desde las últimas décadas del siglo pasado, la incorporación masiva de la ciencia y la tecnología en el sistema económico y social de China está transformando el país y su posición en el orden mundial. Su creciente protagonismo en las producciones manufactureras de frontera pone fin al monopolio ejercido, sobre la tecnología y la industria, por las economías de Occidente. El surgimiento de nuevas economías avanzadas en Oriente se inició con el despegue del Japón y, más tarde, de los tigres asiáticos. Pero ese conjunto de países representa el 5% de la población mundial. Es recién con la irrupción de China y, también, de India –ambos constituyen el 40% de aquella–, que la Cuenca Asia Pacífico surge como un polo de desarrollo competitivo del Atlántico Norte.

 

Un primer “efecto” China es un nuevo reparto del poder con todas sus consecuencias en la organización y dinámica del sistema internacional. De allí en más, se producen otros efectos:

 

VALORIZACIÓN DE LA PRODUCCIÓN PRIMARIA. La incorporación de centenares de millones de seres humanos a la producción vinculada a la economía mundial aumenta la demanda de alimentos y materias primas, eleva sus precios y, por lo tanto, valoriza los recursos naturales.

 

REDISTRIBUCIÓN DEL INGRESO. El empleo masivo de mano de obra de bajos salarios en las cadenas de valor transnacionales, debilita la capacidad negociadora de los sindicatos en los países avanzados, deprime la participación de los salarios en la distribución del ingreso y aumenta la correspondiente a las ganancias. Estos hechos deprimen el consumo, impulsan el sostenimiento de la demanda agregada por otras vías (crédito en los Estados Unidos y exportaciones en Alemania y Japón) y promueven desequilibrios globales.

 

RESERVAS FINANCIERAS. El superávit en los pagos internacionales de China ha permitido la acumulación de reservas, en su Banco Central, por 2.5 billones de dólares, equivalentes a casi el 50% de las reservas internacionales del resto del mundo. Gran parte de las reservas chinas se han invertido en financiar el déficit de los pagos internacionales de los Estados Unidos su expansión crediticia. El sistema financiero occidental funciona como un gran casino con autonomía respecto de la economía real y de las políticas públicas en marcos desregulados. En China el poder financiero es un instrumento clave de las políticas públicas y de la promoción de sus intereses nacionales en el orden global.

 

Estos tres “efectos” forman parte de los desequilibrios macroeconómicos del sistema global, caracterizados por el déficit en los pagos externos de los Estados Unidos y el superávit de Alemania, Japón y China, la expansión de la liquidez internacional y la especulación en los mercados financieros internacionales. Este régimen es el que acaba de colapsar con la crisis inaugurada, a fines de 2007, en el mercado de préstamos hipotecarios en los Estados Unidos y el posterior derrumbe de los mayores intermediarios en los mercados globales. Durante las últimas décadas, las políticas económicas prevalentes en las mayores economías avanzadas han revelado ser incapaces de organizar un sistema ordenado y estable de relaciones internacionales, impedir los desbordes especulativos de los mercados financieros y de acomodar el nuevo protagonismo de China y las economías emergentes de Asía. Las respuestas a la crisis global, dadas hasta ahora, en el seno del G-20 y en el grupo más reducido de las mayores economías del mundo, no alcanzan para resolver los problemas planteados.

 

La evolución de la economía global en el futuro cercano dependerá de la capacidad de China para dinamizar suficientemente su absorción interna, mediante un aumento del consumo, y no predominantemente por las inversiones. De la capacidad estadounidense para cerrar la brecha abierta por su insuficiencia de ahorro y el déficit de sus pagos internacionales. De las de Alemania y Japón para expandir la demanda agregada vía el consumo interno y la inversión y no, como hasta ahora, las exportaciones. En las economías avanzadas, estos cambios de rumbo implican la sustitución del paradigma neoliberal dominante por la prioridad del pleno empleo y la redistribución del ingreso, no previsible, al menos por ahora. Más bien todo lo contrario, como revela la estrategia ortodoxa de ajuste asumida en la Unión Europea frente a la crisis de los países vulnerables de la Unión, del régimen comunitario y del euro.

 

Mientras las mayores economías del mundo y sus estados buscan respuestas al “efecto” China y los desequilibrios globales, en la periferia tenemos que encontrar nuestras propias respuestas. De allí la importancia de la reciente visita de la presidenta argentina a Beijing y el debate de la cuestión en nuestro país. Porque el “efecto” China nos confronta con una oportunidad y un desafío. La oportunidad consiste en la valorización de los recursos naturales y la expansión del mercado mundial para nuestra oferta de alimentos y productos primarios. El desafío es evitar reducir la relación bilateral dentro del modelo centro-periferia. Es decir, el intercambio de productos primarios argentinos por manufacturas y capitales chinos. En tal sentido, fue oportuna la observación de la presidenta de que la relación bilateral debe ser entre socios y no clientes. Ya se sabe, desde siempre: la relación entre socios sólo puede darse entre economías nacionales plenamente desarrolladas. Por consiguiente, en la Argentina como en China, es indispensable la integración nacional de las cadenas de valor, la formación de estructuras productivas diversificadas y complejas capaces de gestionar el conocimiento y establecer relaciones simétricas no subordinadas con el resto del mundo.

 

Para tales fines, con realismo y con firmeza, la Argentina debe administrar su comercio con China y la eventual recepción de inversiones de ese origen, en el marco de la expansión equilibrada del valor agregado de las respectivas exportaciones y la orientación de las corrientes financieras hacia los mismos fines. Sería fatal que repitiéramos la experiencia de los pactos Roca-Runciman de la década de 1930. Vale decir, ceder autonomía de la política económica a cambio de mercados para nuestra producción primaria. Esta última tiene cabida en China y en el resto de Asia y de los mercados internacionales. La industria argentina debe empinarse sobre el mercado interno de su inmenso espacio territorial y su proyección al resto del mundo.

 

Si hacemos las cosas bien, el “efecto” China resultará un aliado potencial del desarrollo argentino y seremos efectivamente socios, no clientes.

 

Por Aldo Ferrer

Economista

En diario “El Argentino”

 

 


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Comentario:


maria jose dice:

WIPPLINGER + CESAR FORES + VOS = TRABAJO Y PROGRESO Se Protagonista, Te Sumas...

Graciela dice:

¿Por qué el Gobernador, en vez de apoyar al Intendente Franco, que lo bancó estos 4 años, nos baja línea en EMSA, con Carlitos Báez?

Marita dice:

Como se nota que le molesta a los Renovadores que el compañero Costa se presente, ¿o le molesta a sus mismos compañeros del partido?. Por lo que le conozco....no se molesten en criticar con tonterías, todos los que lo conocen, saben lo buena persona que es. Fuerza Vicente

Alfre Fel. dice:

esta gente como beto acosta no tiene familia ??, no le da verguenza venderse y traicionar a las personas por plata, que falta de dignidad y hombria, despues quieren que le voten, no a esta gente imaginense si esta en un cargo

laura f. dice:

vicente c. haces lo mismo que con los inmoviliarios escribis vos de vos.... todos saben

LA MILITANCIA dice:

vicente c., querido no escrivas mas de vos, es feo igual que el tema inmoviliario, todos ya saben, igual fuerza

Ale dice:

Vicente Costa, la gente desea votar un candidato a Intendente que no sea Renovador, que sea jóven, tenga su propia empresa (no un haragán) y que tenga una trayectoria política "sana". Creo que sos la persona adecuada, no desaproveches los ofrecimientos que te están haciendo. Vos le podés ganar a la Renovación

RAUL G. dice:

ALGUIEN SABE SI ES CIERTO QUE CESAR FORES ES CANDIDATO A INTENDENTE ???

Cesar Fores dice:

En Posadas, El cambio depende de vos, Cesar Fores 2011

beto acosta dice:

no me llamen traidor por agarrar unas monedas de los rodriguez saa y la renov. lo compañeros pueden esperar pero mi roskita no.

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tlv